Discursos


En Ocasión del Fallecimiento de Don Manolo Fernandez Marmol Vicepresidente de la República,
21 de Enero 1983

 

La república se siente conmovida y al mismo tiempo enlutada. Parecería que el mismo Dios quiere cada vez más señalar con los designios de la Providencia los acontecimientos que al mismo tiempo que enlutecen a la familia dominicana sirven como un eslabón significativo de la cadena de la historia de este gran país que cada día forja y acrecienta su propia nacionalidad y los estamentos que dan perfiles a su institucionalidad democrática. El mismo hecho de que este suceso luctuoso que conmueve a toda la República, la muerte de nuestro Vicepresidente don Manuel Fernández Mármol, ocurra la víspera del día de nuestra Patrona, la Inmaculada Virgen de La Altagracia y que sus honras fúnebres que llenan a todo el pueblo acontezcan al mismísimo día del 21 de enero, la fecha que sirve para estrechar, enaltecer y reverenciar los valores espirituales de nuestro gran mundo cristiano con su cabeza, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, parecería advertencia providencial a todo el pueblo dominicano, de manera que esta sensible perdida, lejos de constituirse en una fuente de interpretaciones jurídicas, constitucionales y políticas derivadas de la sucesión vicepresidencial, se constituya en bálsamo que magnifique cada vez mas la vida republicana y democrática del país, santificada con el voto popular que sirvió para trazar la alta investidura de este hombre por la cual el pueblo votó para que su elección terminara el 16 de agosto del 1986.


El hombre que hoy enterramos, de vida sencilla y apacible, fue de esas extraordinarias figuras cuya existencia supero toda la narración de aquellos que sin estar en los dominios del limbo, sin embargo, le permitió tomar posiciones en los momentos mas difíciles del país a raíz de iniciarse la apertura democrática tras los sucesos que siguieron al 30 de mayo de 1961. No hay que descartar, en ese sentido, que el peso de la sangre colateral gravitara fuerte pero al mismo tiempo pundonorosamente sobre sus venas, porque un hermano cayo en las laderas de las montañas de Constanza, y otro pereció por las calles de la antigua Habana, cuando la tiranía asomaba con la imagen que solamente caería bajo el fusil del exilio dominicano. De ahí que al hombre que se le rinden estos altos honores póstumos derivados de su investidura como Vice- Presidente de la Republica, se aparejan dotes singulares en su persona.

No fue hombre de controversias. Más aun diría que fue un hombre que quiso mantenerse al margen de las controversias dentro o fuera del Partido Revolucionario Dominicano. Pero eso no le resto ser un hombre de decisiones. Su mismo historial lo revela así. En 1961, fue de los primeros que se incorporo a la lucha por el nacimiento de la democracia en la Republica Dominicana, con los riesgos patrimoniales y de la propia existencia que significaba en ese entonces enfrentarse a arteros remanentes que intentaban oponerse a los aires de libertad que estremecían al suelo patrio. El 24 de abril, sin mayores fuerzas, como un Quijote, asumió la Alcaldía de esta ciudad de Santo Domingo, primada del Nuevo Mundo, como si con este gesto quisiera advertir que todavía habíamos muchos Quijotes de la herencia secular de la Madre Patria.

En todo el periodo de 1966 a 1978, hizo una oposición gallarda y firme, dando sus recursos permanentes a la causa del Partido Revolucionario Dominicano. Su presencia, aunque no fuera compartida, sin embargo, era estimada por esas significativas contradicciones que se dan en los partidos policlasistas, en los cuales el debate, duro, nunca deja de ser flexible para entender las estructuras humanas. A don Manuel Fernández Mármol, aunque se le pudiera combatir, siempre había que admitirlo con todas las reglas de compensación con que se nutre la democracia. Entre 1978 y 1982, con Manuel Fernández Mármol, jugó un papel silencioso, pero muy eficaz frente al Poder de aquel entonces. Su alejamiento de la personificación del Poder de aquella época, sin desmedro de su amistad personal con las altas esferas, fue en permanente defensa y lección al Partido Revolucionario Dominicano. En ese sentido, con sonrisas nos gano la Décima Convención y también con sonrisas y abrazo lo seleccione para que la Oncena Convención lo eligiera candidato vicepresidencial. Con este hombre se rompieron todas las reglas de lucha política, pues sin mayores esfuerzos obtuvo victorias esplendorosas en la vida política de nuestro país. Y esto es una gran experiencia, por que no es que don Manuel Fernández Mármol nunca luchara, muy al contrario, fue un permanente luchador. Pero, tuvo un gran sentido de la oportunidad, sin dejar de mencionar que ese gran sentido de la oportunidad también lo llevó a confrontaciones convencionales, de las cuales surgió como un caballero maltrecho del encuentro con los molinos, pero sin resentimientos y con el gran espíritu de emprender nuevas jornadas para romper lanzas con las experiencias que las lides políticas acumulan con el discurrir de los años, pero entendiendo el tiempo con su propia filosofía y con un sentido del humor, del cual don Manuel Fernández Mármol hizo gala en todos los momentos mas difíciles aun en el curso de su enfermedad que finalmente lo llevó a la muerte.

Fue un gran Vicepresidente. Para hacer el papel de segundo sujeto, se necesita tener el valor de admitir la naturaleza especial de su función y de que otra jerarquía suprema esta por encima de la segunda investidura constitucional de la Republica. Además, se necesita para hacer un gran papel, tener la vocación para estos desprovistos de la participación en los eventos o contingencias electorales del país. La misma historia de la Republica Dominicana es reveladora de las características singulares que necesitan para ser segundo y eventualmente primero. Es una historia fecunda en los altibajos en torno a la segunda posición de importancia en el país. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Mientras que en los periodos anteriores al treinta la vicepresidencia se convirtió en foco de subversión o detonante de aspiraciones, lo cierto es, que aun adentro de la misma tiranía, con un constitucionalismo huero, fue paso de la sucesión ordenada del Poder, continuando todo esto cuando la democracia, con sus plenos atributos, comienza a palpitar y a constituirse en un ser que fecundiza todas las aspiraciones del pueblo dominicano a través del voto real y sentido de las grandes mayorías.

No se sinceramente que mas admirar en don Manolo, si su sentido de la fidelidad a la amistad o su lealtad con la vida partidaria. Todavía me debato en estas dudas. Sin embargo, hay algo que tengo que señalar como una condición sobresaliente en él: el valor con que se enfrento a los momentos más difíciles de su vida y sobre todo el valor con que se enfrentó a la muerte. Me inclino reverente ante su valentía. Nadie que lo estuviera visitando con frecuencia podía dudar de que sus días estaban contados. Empero, don Manolo, respiraba valor y también lozanía. Cada día su buen humor era un manantial inagotable del deseo de servir y de prestar su concurso a la solución de los problemas de los demás.

Dios quiera que su muerte sirva para cicatrizar las heridas lacerantes dentro del Partido Revolucionario Dominicano; y que su partida se constituya en un permanente recuerdo para vivificar la realidad de su unidad e indivisibilidad, y que todos bebamos en su ejemplo edificante; y que para el pueblo, la muerte de este singular hombre, que abarcó tantas dimensiones incluyendo el mundo de Mercurio o la palestra de la vida pública, sea permanente estimulo de que para servir al país no se necesita ni el lustre universitario ni el nombre de las familias legendarias, sino el pleno sentido de la responsabilidad y del deber ciudadanos, de los cuales don Manuel Fernández Mármol hizo gala de ciudadano ejemplar.


Para su viuda Adelina y para todos sus hijos, nuestro dolor se confunde con el luto de toda la familia y de todo el pueblo que lo despide con reverencia y al mismo tiempo con amor.

 

Tomado de:

República Dominicana. Presidente (1982-1986 : Jorge Blanco) Discursos presidenciales. -- Santo Domingo : ONAP, 1983. 4 v.

Salvador Jorge Blanco Salvador Jorge Blanco |