Plenitud


Sus pasos eran lo único vivo en la medianoche de aquella calle. Duros. Precisos. Con nitidez de rebotar de piedra en pozo vacío. Sola, absolutamente sola en aquella oscuridad. La voz de sus tacones anchos la precedía. Se detuvo para respirar firmamento y gozar de ese nuevo silencio que ella imponía a la noche. Pensó que si levantaba los brazos se desprendería del suelo. Alrededor dormían un sueño de gente sin importancia. Se palpó. Vivía. Porque el cuerpo cobra más volumen en la soledad abierta, se independiza en pres
encia concreta frente al espíritu que lo contempla, hinchazón de plenitud vital.

Detrás de la casa más alta, el cielo empezó a sonrojarse casi imperceptiblemente.

Como la otra vez. Pero ahora no deambulaba por el parque del colegio. El rubor se tornó escarlata.

-¡ Fuego! – se dijo-, fuego como entonces.

Y echó a correr rompiendo la muda oscuridad con sus pasos y su voz.

Nadie hizo caso.

Corría por todas partes.

-¡ Ey! ¡ La gente de aquí, fuego!

Los árboles crepitaban. Al abrir las ventanas la luz roja invadió el dormitorio despertando a las muchachas.

-¡ Aprisa, aprisa! ¡ Sálvense!

Vuelo de pies descalzos escaleras abajo, entre remolinos de humo. Ni un grito. Sólo el jadear del incendio.

Faltaba Edmée. Esbelta y susurrante. La habían visto de rodillas mojando de lágrimas una imagen de la Virgen.

-¡Edmée! ¡Edmée!

Venía sonriendo, ligera como una espuma, lo largos cabellos sin color.

- Buenos días compañeras.

Cuando le estrecharon la cintura jubilosamente se hizo cenizas en el anillo de las manos.

Fue el primer grito. Siete gritos de la misma boca. Se palpó toda. Vivía...

Alguien le tocó el hombro:

-De pie, perezosa. La seis ya.

El rasgón del despertar la revolvió en la cama. En la habitación hervía un rayo de sol. De repente llamó con voz angustiada:

-¡Edmée! ¡Edmée!

-¿Qué te pasa?

-No me gusta el siete.

-¿El siete? ¿Qué siete?

-¡Oh...el siete!

-Dios bendijo y santificó el séptimo día porque en él descansó de toda la obra que había creado.

Los hilos de la ducha cantaron en el baño.

-Haces demasiado ruido. No te oigo.

Edmée replicó por encima del agua:

-Las siete nos darán aquí si no andas rápido.

Acababan de llegar a la parada cuando surgió la guagua vomitando ruidos. Miró el reloj.
Las siete menos un minuto.

Fue entonces cuando le pareció que el siete terminal de la placa del vehículo crecía gigantesco y se le echaba encima. Gritó de miedo.

Instintivamente se llevó las manos al cuerpo, palpándose, buscando su certidumbre de vida en aquella soledad. Estaba sorprendida.

La noche aclaraba, se hacía luz, un gran firmamento silencioso hacia el que no se atrevía a extender los brazos, segura de que se desprendería del suelo.

-¡Edmée! ¡Edmée!

Espuma flotante, largo pelo sin color.
Libre de angustia ofreció las manos abiertas aquella dulce plenitud jamás sentida. Abajo resonaron pasos urgente seguidos del ulular siniestro de la ambulancia.

Edmée sonreía.